viernes, 11 de mayo de 2012

Un cuento zen (la gata)

Un cuento de sabiduría Zen
Un cuento del maestro zen Ito Tenzam Chuya, sobre el maravilloso arte de una gata, relata una historia con profunda sabiduría.
En el siglo XVII, la casa de un maestro de esgrima denominado Shoken, había sido invadida por una gran rata, la cual, libremente, correteaba por toda la casa, sin que hubiesen gatos, de la casa y del vecindario, que pudiesen con ella.
Aún el mismo maestro Shoken, un día, empuñando su espada, la persiguió por todas partes sin lograr, siquiera, tocarla; al contrario, la rata, acorralada, en un dado momento, le saltó en la cara, mordiéndole.
Antes esta situación, el maestro envió en busca de una gata que gozaba de fama de ser la mejor cazadora del mundo. Cuando la trajeron, la gata no parecía tener nada de especial ni reflejaba dotes que prometieran mucho; empero, el maestro pensó que no perdía nada con probar.
Le entreabrió la puerta y la colocó en el salón dentro del cual se encontraba la enorme rata.
Con calma imperturbable, la gata se sentó como si no esperara nada de importancia, contemplando impasible a la rata. Ésta se sorprendió de no ser atacada con la furia de los gatos anteriores y observó algo, en ella, que le causó cierta intranquilidad. La gata se encontraba inmóvil, tranquila, dominando con la mirada la situación. La rata, ya no tan segura de sí misma, quedó inmóvil.
En eso, la gata, con pleno dominio de sí, silenciosamente, se levantó, llegó hasta la rata, y con un suave movimiento la agarró con los dientes, por el cuello, y la envió a mejor vida. Todo fue rápido y sin hacer ruido, reflejando la maestría del arte. Ante esta hazaña, tanto el maestro Shoken como todos los gatos, querían saber que arte maravilloso había utilizado para vencer a la enorme rata, tan fácilmente y sin aparatosidad. Esa misma noche realizaron una reunión, cuyo puesto de honor le fue otorgado a la sabia gata zen.
Los jóvenes gatos destacaban que todos ellos gozaban enorme fama de cazadores y estaban dotados de destrezas, habilidades y técnicas, las cuales, empero, en esta oportunidad no le habían servido de nada.
Le inquirían: -"¿Con qué arte le habéis vencido tan fácilmente?", exhortándole a contarle su secreto. Ella, serena y sonriente, les dijo: -"Ustedes, gatas y gatos jóvenes, tenéis destrezas, sin embargo, precisáis adquirir el conocimiento del verdadero camino, de manera que podáis triunfar cuando os enfrentéis a nuevas e inesperadas situaciones, en el diario vivir".
-"Pero, primero, contadme como os habéis adiestrado", -preguntó la sabia gata zen. Cada una de las gatas fue tomando la palabra para exponer su experiencia. Una gata negra, dijo: -"Provengo de una casa que es famosa por la cacería de ratas, por lo que yo también decidí seguir este camino. Puedo saltar obstáculos de dos metros de altura, puedo pasar por un agujero mínimo por el que no pasaría ninguna rata. Desde niña he practicado todas las artes acrobáticas. Aún al despertarme, cuando todavía medio dormida, veo atravesar una rata por el balcón, me levanto, y ya la tengo. Pero, la rata de hoy era más fuerte y ha ganado la contienda, causándome vergüenza el hecho".
Entonces, la maestra zen, explicó: -"En lo que tú te has entrenado no es más que la técnica, es decir, el arte puramente físico. Pero, tu Espíritu inquiere como ganar, y por eso sigues apegada a la meta. Cuando los antiguos enseñaban "Técnica", lo hacían para mostrar un modo del camino. Su técnica era sencilla, pero llena de profunda sabiduría. La posteridad se centró únicamente en la técnica, que si bien ha dado ciertos resultados, pero, -¿qué se saca con eso? Sólo una destreza, pero, al costo de separarse del camino llegando hasta agotar los recursos del razonamiento lógico inductivo y deductivo. Es cierto que la lógica inductiva y deductiva es un recurso del Espíritu, pero es preciso seguir el recto camino que conduce a la meditación y práctica del "sentido correcto" que despierta la conciencia intuitiva, percibiendo la visión certera de qué, del cómo, del cuándo, del dónde, del quién, del cuánto y del por qué"-.
Al final, la gata zen, sorprendió a todos con lo que siguió diciendo: -"Esto que les he dicho, no deben pensar que es la última palabra; en absoluto. Hace poco tiempo, en un aldea cercana a la mía, vivía un gato, quien dormía todo el día y no reflejaba ser poseedor de alguna fuerza espiritual en especial. Solía descansar en profunda relajación como si fuese un pesado trozo de madera. Nadie le había observado cazando una rata. Sin embargo, cosa curiosa, donde él se encontraba, jamás habían ratas. Y, en cualquier lugar donde él anduviese o se echase, no se acercaba, nunca, ninguna rata. En cierta oportunidad le pedí que me ensañara su arte extraordinario; pero él no me explicó nada y no me daba la respuesta que yo anhelaba oír. Le pregunté tres veces seguidas, pero él continuaba callando. Me percaté de que, en realidad, no era que él no quisiera contestarme, simplemente, él no sabía que contestarme. Él dominaba el arte por intuición y por inspiración en conexión con la fuente y no por el cultivo objetivo; sabía sin saber cómo sabía; habiendo alcanzado la conciencia intuitiva, se había vuelto "nada", alcanzando el más alto grado de la no intencionalidad, hallando el divino camino del guerrero: vencer sin hacer daño".

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